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日志


Otra forma de ver la vida es no sólo posible, sino necesario.

Las provincias «rebeldes» del imperio norteamericano
CARLOS FRESNEDA (El  mundo)


Numerosas ciudades han puesto fin a la cultura del coche y del chalé adosado
y han hecho del ecologismo su religión

Hay un lugar en Estados Unidos donde cerró un McDonalds por falta de
negocio. Un lugar que ha puesto en marcha su propia moneda local (las
horas), con una bucólica ecoaldea camuflada en un vergel de bosques y lagos,
con un fastuoso mercado de granjeros que todos los fines de semana atrae a
cientos de turistas, con 30.000 vecinos volcados en cuerpo y alma en todo
tipo de asociaciones y cooperativas.

Ese lugar se llama Ithaca, queda a cuatro horas de Nueva York y es la punta
de lanza del cambio de mentalidad que se está gestando en el corazón del
imperio. Piensa globalmente, actúa localmente...

Ithaca no es el paraíso, y a simple vista no se distingue en exceso de la
típica ciudad de provincias del noreste. Tiene, sí, el sello de la
reputadísima Universidad de Cornell, pero hasta en eso se parece a tantas
otras. Lo que diferencia a Ithaca es una energía especial, un imán que sólo
tienen ciertos lugares elegidos.

Sólo así se explica que aquí se crearan hasta 50 comunas en plena eclosión
del movimiento hippie. Los jóvenes idealistas se cortaron la melena, se
hicieron prácticos. Muchos de ellos decidieron echar raíces en la ciudad y
esparcir las semillas del cambio en el mundo real.

En 1989 llegó un alcalde socialista, Ben Nichols, y ahí empezó la leyenda de
la ciudad más innovadora y creativa de Norteamérica. La declaración de
independencia de Ithaca empieza a percibirse desde que uno camina por The
Commons, el paseo peatonal. Ni sombra de McDonalds, Burger King, Starbucks y
demás bastiones del colonialismo cultural americano. Aquí son todo comercios
autóctonos que exhiben orgullosos el cartel con la moneda local: «Se aceptan
horas».

La primera vez que cayó en nuestras manos un billete de cinco horas de
Ithaca, pensamos que trataban de jugar con nosotros al monopoli. El juego se
acabó cuando intentamos comprar algo con él y la dependienta nos preguntó:
«¿El cambio lo quiere en dólares o en horas?». Cuesta creerlo, pero sucede
todos los días a 300 escasos kilómetros de Wall Street.

La gente de Ithaca tiene sus propios billetes, mucho más coloristas y
divertidos que el dólar (ilustrados con niños, flores, granjas y animales de
la zona). El dinero local lo aceptan en la mayoría de las tiendas, y es la
forma habitual de pago para las chapuzas caseras, las clases particulares o
las terapias alternativas. La Cámara de Comercio respalda los billetes
locales, aunque el verdadero aval es el trabajo y el patrimonio de los
ciudadanos y su voluntad de aceptarlos como moneda alternativa.

Es como el trueque de toda la vida, aunque de un modo más formal y con todas
las de la ley. Las horas mueven, al cambio, unos 400 millones de pesetas al
año que nunca saldrán de la ciudad. «Los dólares son un instrumento
alienante, al servicio de fuerzas destructivas», nos explica Paul Glover,
héroe local y mentor de las horas. «Con nuestro dinero estamos creando una
riqueza que no nos van a arrebatar y unos lazos que refuerzan día a día
nuestra comunidad».

Una hora vale lo que 10 dólares, el «salario mínimo» que han decidido
regalarse los ciudadanos de Ithaca (casi el doble que el nacional).

«Nuestro dinero no genera avaricia, sino solidaridad», presume Glover, cuya
última gesta ha sido la creación de una cooperativa de salud que da
cobertura a todos los que no pueden pagarse el seguro médico en la ciudad.

La creatividad de Ithaca es contagiosa, y las horas han encontrado ya
réplica en 38 estados tan distantes como Hawai (Ka/u Hours), Massachusetts
(Valley Dollars) y Carolina del Norte (Mountain Money). La ciudad ha marcado
también la pauta nacional con dos programas innovadores de reciclaje de
bicicletas y ordenadores.

Pero si algo la hace verdaderamente irresistible a los ojos de cualquier
amante de la naturaleza es la Ecoaldea. La Ecoaldea queda en las lomas del
sinuoso lago Cayuga, en un bosque que un puñado de vecinos arrebató a los
especuladores inmobiliarios. Siguiendo el modelo de las cooperativas
danesas, y procurando el menor impacto en el entorno natural, nació un
proyecto de veinte casas arracimadas en torno a un paseo peatonal,
alimentadas con energía solar, abastecidas por su propia granja biológica.

Los coches se dejan en el granero de la entrada. Los niños corretean a sus
anchas, se bañan en el estanque, aprenden a reconocer los cantos de
infinidad de pájaros. Son 90 vecinos en total, unidos por la voluntad de
vivir de otra manera, más humana y solidaria. «El individualismo a ultranza
y la cultura del coche han dinamitado la sociedad americana», se lamenta Liz
Walker, la alcaldesa de la Ecoaldea. «Nuestras ciudades son desiertos, y por
todo los sitios crecen cinturones de asfalto y mastodontes comerciales. La
gente se marcha a vivir con toda su ilusión al chalé en las afueras y el
sueño se convierte en una pesadilla: atascos a todas horas, aislamiento e
incomunicación, la sensación de no pertenecer a ningún sitio...».

«Pues bien, no hay por qué resignarse a ese tipo de vida», sugiere Liz.
«Aquí, en la Ecoaldea, estamos buscando otro modelo, a caballo entre la vida
urbana y la vida rural. Todos venimos buscando un contacto más directo con
la naturaleza y unos ciertos lazos de comunidad. Somos 90 vecinos, y cada
cual hace su vida, pero también algo por los demás».

Bicicletas y reciclaje

Dejamos atrás Ithaca y su cocedero de innovaciones sociales, y saltamos a la
otra costa, siguiendo el rastro del bosque de secuoyas gigantes que en
tiempos llegaba hasta San Francisco. Allí, en la costa del Pacífico Norte,
nos encontramos con Arcata, la primera ciudad americana con un Ayuntamiento
verde. La bicicleta y el reciclaje son la religión diaria de sus 16.000
vecinos, que contribuyeron con sus manos a crear el Santuario de la Vida
Silvestre, donde hoy anidan 50 especies de pájaros.

Desde Arcata podríamos subir en tres horas hasta Portland, Oregón, bandera
del movimineto del renacimiento urbano. Portland fue la primera gran ciudad
en poner freno a la marabunta de los adosados y en proteger cientos de
hectáreas de espacios verdes. Trolebuses gratis, amplias zonas peatonales,
cientos de kilómetros de carriles-bici... La trasformación prodigiosa de la
destartalada ciudad industrial en el centro vital que es ahora fue sobre
todo fruto de la labor de los vecinos, agrupados en la Coalición para el
Futuro Vivible.

Una metaformosis parecida ha sido la que ha experimentado en estos últimos
años Chattanooga, Tennesee. En 1970 era la ciudad más contaminada de los
Estados Unidos; los vecinos y las empresas locales, unidos en un proyecto
que decidieron llamar Visión 2000, emprendieron la operación rescate.
Chattanooga es hoy un modelo de desarrollo sostenible.

Providence, Burlington, Madison, Northampton, Iowa City, Santa Fe... Estados
Unidos está cuajado de provincias rebeldes donde empieza a tomar cuerpo la
impostura contra los símbolos más visibles del imperio. Hay quien insiste en
que no son más que brotes aislados de la contracultura de los años 60, pero
lo cierto es que la onda expansiva está cuajando ya en grandes ciudades como
Boston o Seattle. ¿Hace falta recordar lo que ocurrió allí?


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